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Guía The Elder Scrolls V: Skyrim

Libros de habilidades

Relatos de la cocina roja

 

 

-Habilidad: Discreción

-Peso: 1

-Valor: 75

-Código: 0001AFD5

 

Se puede encontrar en las siguientes localizaciones.

 

Lugar 1

 

Cripta del Páramo Gélido

 

Dentro de la Cripta del Páramo Gélido (al Suroeste de Lucero del Alba), en una estantería por la zona de las ruinas.

 

Lugar 2

 

Salón de los Ruiseñores

 

En el Salón de los Ruiseñores, al Sur de Riften.

 

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En general, no soy persona a quien le guste alardear de sus méritos, pero no puedo dejar de enorgullecerme por el título de “mejor gastrónomo de Tamriel” que me otorgó el padre de nuestro emperador, el difunto Pelagio IV, quien, además, fue sumamente magnánimo al nombrarme primer, y hasta ahora único, maestro cocinero de la corte imperial. Por supuesto, otros emperadores han tenido chefs y cocineros a su disposición, pero solo durante el reinado de Pelagio había una persona de gustos refinados encargada de organizar los menús y seleccionar los mejores manjares para la corte. También fue todo un honor para mí que su hijo Uriel solicitara posteriormente mis servicios, invitación que me vi obligado a declinar por mi avanzada edad y delicada salud.

 

En estas páginas, sin embargo, no pretendo narrar mi historia. Si bien es cierto que me he visto embarcado en varias aventuras a lo largo de mi vida como caballero de la buena mesa, mi intención al escribir este libro sigue otros derroteros. Me he preguntado en numerosas ocasiones cuál ha sido el mejor plato que he degustado en todos estos años.

 

Cuestión de difícil respuesta... El placer de un buen banquete no reside únicamente en la comida; el lugar, la compañía y el estado de ánimo también influyen en gran medida. Cenar un simple pollo asado o un guiso cualquiera, junto al amor de tu vida, se convierte en una experiencia inolvidable. Sin embargo, disfrutar de un magnífico festín de doce platos distintos en mala compañía, puede provocar ardor de estómago y ser recordado con desagrado o borrarse totalmente de nuestra memoria.

 

A veces, un acontecimiento previo puede realzar la comida hasta un punto insospechado.

 

No hace mucho, sufrí un pequeño percance en el norte de Skyrim. Me hallaba con un grupo de pescadores observando la captura de una especie muy poco común y de sabor exquisito: el merringar. Este pescado solo se encuentra en alta mar, por lo que se tarda una semana en llegar a los caladeros. Al final de la travesía, dimos con un banco de merringar. En cuanto los pescadores comenzaron a utilizar los arpones, la sangre atrajo a una familia de dreugh, que volcó el barco y a todos los que íbamos en él. Conseguí salvarme, pero tanto los pescadores como nuestras provisiones no corrieron la misma suerte. Navegar no es precisamente una de mis mayores aficiones, por lo que tardé tres semanas en regresar al reino de Soledad, y todo ello sin víveres. Logré capturar algunos peces pequeños que me comí crudos, pero a pesar de todo llegué a la orilla muerto de hambre y de sed. Lo primero que comí en cuanto arribé fue jabalí asado al estilo nórdico acompañado de vino de jazbay y, aunque parezca irónico, un filete de merringar. Si bien es cierto que este manjar resulta delicioso en cualquier circunstancia, tras mi periodo de inanición experimenté un placer de dioses que no acierto a describir con palabras.

 

En otras ocasiones, lo que sucede tras la comida es lo que nos hace recordarla.

 

En una taberna de Falinesti probé, por primera vez, un plato campesino llamado kollopi. Consistía en pequeñas albóndigas especiadas con una salsa riquísima. Tan sabrosas me parecieron que le pregunté a la propietaria por el plato. La señora Pascost me explicó que los kollopi son una especie de roedores arbóreos que se alimentan de las ramas más tiernas del roble graht y que había tenido la suerte de pasar por Bosque Valen justo durante la temporada. Me invitaron a unirme a una pequeña partida de caza con monos imga, los únicos que pueden capturar a estos deliciosos animalillos. Los kollopi se sitúan en los extremos de las ramas más finas, por lo que los imga tienen que trepar a una considerable altura y saltar hacia arriba para atraparlos. Se requiere gran agilidad, aunque esto no supone problema alguno para los imga. En aquellos tiempos, yo era relativamente joven y tenía mucha energía así que me permitieron participar. Evidentemente, no podía saltar tan alto como los imga, pero, tras practicar un poco, descubrí que si me mantenía rígido y hacía un salto de tijereta, podía alcanzar a los kollopi situados en las ramas más bajas. Con gran esfuerzo, conseguí capturar tres de ellos yo solo.

 

Incluso hoy día, la boca se me hace agua con tan solo pensar en los kollopi, y además vuelvo a imaginarme de joven saltando junto a doce imgas a la sombra de robles graht.

 

Por último, están esos platos casi mágicos que nos embriagan los sentidos por lo sucedido antes, durante y después de saborearlos. Fue precisamente en una de estas ocasiones cuando disfruté de la mejor comida de toda mi vida, el episodio que encendió mi pasión por la alta cocina.

 

Durante mi infancia en Cheydinhal, la comida no era algo que me interesara especialmente. Comprendía su importancia y valor nutricional, claro está, pero la hora del almuerzo no era algo que esperase con ganas. Esto se debió, en parte, a nuestra cocinera, que creía que las especias eran invención de los daedra y que los buenos imperiales debían tomar su comida hervida, sin textura y sin sabor. Probablemente, solo ella le daba este sentido religioso, aunque tras probar varios platos tradicionales de Cyrodiil, me temo que su filosofía respecto a la cocina es bastante común en mi tierra natal.

 

Que no disfrutara de los placeres de la mesa, no significa que fuese un niño poco curioso o apocado, más bien todo lo contrario. Me encantaban las peleas en la Arena y disfrutaba de lo lindo vagando por las calles, con la imaginación como única compañera. Precisamente en una de esas excursiones, un soleado día de fredas en pleno mes de Mitad de año, hice el descubrimiento que cambiaría el resto de mi vida.

 

Cerca de mi calle, había varias casas abandonadas. Solía fantasear con los temibles bandidos y los cientos de espíritus maléficos que las habitarían. Por eso, aunque jugaba por los alrededores, nunca me había atrevido a entrar en ninguna. De hecho, si no hubiera sido por una panda de niños que disfrutaba atormentándome por aquella época, nunca hubiera dado el paso. Al verlos acercarse ese día, me escondí en la casa más próxima.

 

Estaba desierta y el interior tenía el mismo aspecto desolador que la fachada, prueba de que ya nadie vivía allí. Oí unos pasos y pensé que al final los pillos me habían seguido. Me dirigí al sótano y salté por encima de un muro derruido que daba a una especie de aljibe. Seguía oyendo pasos en la planta de arriba y, como no tenía intención alguna de enfrentarme a la panda, me interné en el pozo tras hacer saltar la oxidada cerradura.

 

Estaba seco, pero para mi sorpresa no estaba vacío. La casa tenía una especie de subsótano con tres espaciosas habitaciones, limpias, amuebladas y, evidentemente, habitadas. Además de la vista, mi sentido del olfato también corroboraba que había alguien viviendo allí. Una de las habitaciones era una gran cocina pintada de rojo. Sobre las brasas del horno había varias porciones de asado. Tras pasar un bello y apropiadísimo bajorrelieve de una madre trinchando un asado para repartir entre sus afortunados hijos, contemplé la cocina y las maravillas que encerraba.

 

Como ya he comentado, la comida nunca me había interesado lo más mínimo, pero en eso momento me quedé hechizado, incluso hoy día me siento incapaz de describir el increíble aroma suspendido en el aire. Nunca había olido nada parecido en la cocina de mi casa. No pude resistirme, me metí varios trozos de carne en la boca. El sabor era increíble, la carne tierna y dulce. Cuando me quise dar cuenta me había comido todo lo que había sobre la hornilla, y en un segundo comprendí que comer podía y debía ser un acto sublime.

 

Tras atiborrarme y disfrutar de un placer culinario indescriptible, me encontré con un dilema. Una parte de mí quería esperar en esa cocina roja hasta que el chef regresara y preguntarle cuál era su receta para esa deliciosa carne. Otra parte sabía que había irrumpido en la casa de alguien y me había zampado su cena, por lo que lo mejor sería irme de ahí lo antes posible. Y eso fue lo que hice.

 

Intenté regresar a ese extraño y maravilloso lugar en otras muchas ocasiones, pero Cheydinhal cambió con los años. Casas viejas volvieron a ser rehabilitadas y casas, nuevas por aquellos entonces, fueron abandonadas. Sabía muy bien lo que tenía que buscar en el interior: un pozo, un bello grabado de una mujer trinchando un asado para su prole y esa cocina roja... pero nunca volví a encontrar la casa. Al final, con los años, desistí en mi empeño. Prefiero mantener el recuerdo intacto: la mejor comida de mi vida.

 

La inspiración de mi vida se coció, al igual que esa deliciosa carne, allí mismo, en la cocina roja.

 

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Información del juego

The Elder Scrolls V: Skyrim

Plataforma: PC, PlayStation 4, Xbox One, PlayStation 3, Xbox 360

Desarrollador: Bethesda Softworks

Distribuidor: Bethesda Softworks

Fecha: 11 Noviembre 2011

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