Guía Dragon Age: Inquisition
Códice - Cuentos e historias
Duro en Altaciudad: capítulo dos

De Varric Tethras
El mayordomo del magistrado Dunwald tenía el aspecto de un hombre que nunca en la vida había madrugado. Miró con aires de superioridad a Donnen Brennokovic y su socio, Jevlan, como si estuviera en lo alto de un balcón, muy por encima de ellos, en vez de encontrarse en el salón, con el batín puesto.
“El magistrado está indispuesto. Esto puede esperar hasta una hora razonable”. Hizo un gesto a los guardias para que se fueran.
“El magistrado está muerto”, lo corrigió Donnen. “Despierta a todos los habitantes de esta casa”.
Cuando el mayordomo se fue, Jevlan se movió incómodamente en su nueva armadura. “¿No debería estar la capitana aquí?”.
“Si quieres volver al cuartel, no te prives”, le dijo Donnen encogiéndose de hombros y oyéndolo a medias mientras estudiaba la colección que se exhibía en la habitación. Una docena de espadas antiguas se encontraba guardada en vitrinas, protegidas del polvo y de los dedos fisgones. Se acercó a abrir la que tenía más cerca. Jevlan empezó a rezongar, pero entonces se abrieron las puertas.
La mujer tenía los ojos del color del topacio y un cabello negro que le caía por la frente como espadazos. Entró serenamente en el salón con tal elegancia y dignidad que Donnen tardó varios minutos en darse cuenta de que iba vestida con una bata y no con un traje de noche.
“¿Tenéis noticias de mi marido? ¿Qué ha hecho Seamus esta vez, olvidarse de pagar la cuenta en la Rosa?”. Se sentó e indicó a los guardias que hicieran lo mismo. Donnen hizo un gesto con la cabeza al recluta para que hablara.
Jevlan empezó: “No, Lady Dunwald, la verdad es que...”.
Ella lo interrumpió con un gesto. “Marielle, por favor”.
“Lady Marielle, han matado a vuestro marido”, Donnen le tomó el relevo al recluta azorado. “¿Cuando lo visteis por última vez?”.
Marielle lo miró, aquellos ojazos cual joyas muy abiertos, y su voz se quebró, “¿Muerto? ¿Seamus?”. Pero pasado un latido de corazón, quizá dos, volvió a ser la imagen perfecta de porte noble. “Lo vi a la hora de cenar”, respondió en un tono que cualquier otro habría usado para hablar del tiempo. “Se fue antes de caer la noche. Dijo que iba a jugar a gracia perversa con el conde de Favre”.
“¿Sabéis de alguien que lo quisiera ver muerto?”, preguntó Jevlan, con voz queda.
“La gente quiere ver muertos a los magistrados como regla”, esbozó una sonrisa amarga, pero su voz fue creciendo en dolor. “Criminales, rivales políticos. Hasta personas de este distrito que no estaban de acuerdo con él”, divagó, ensimismada, y entonces volvió la mirada hacia Donnen, con los ojos encendidos. “Hace una semana, llegó una carta. Eran amenazas vagas. Pensé que no se trataría de nada, pero a Seamus lo trastornó”.
“¿Quién la envió?”, preguntó Donnen.
“No iba firmada. Pero en el sello se veían seis espadas”.
En una cabaña en el "Mirador de Morrin", Costa de la Tormenta.