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Guía The Elder Scrolls V: Skyrim

Libros de habilidades

Danza en el fuego, vol. 7

 

 

-Habilidad: Elocuencia

-Peso: 1

-Valor: 60

-Código: 0001B00E

 

Se puede encontrar en las siguientes localizaciones.

 

Lugar 1

 

En la Compañía comercial Arnleif e Hijos (Markarth).

 

Lugar 2

 

En la Calle de los Mendigos (una zona de las alcantarillas de Riften).

 

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Escenario: Silvenar, Bosque Valen

Fecha: 13 de Ocaso, 397 de Tercera Era

 

Al banquete de palacio celebrado por el silvenar asistieron todos y cada uno de los celosos burócratas y comerciantes que habían intentado firmar el contrato para la reconstrucción de Bosque Valen. Lanzaban a Decumo Scotti, Liodes Juro y Basth claras miradas de odio, lo que hizo que Scotti se sintiera bastante incómodo, aunque Juro estaba encantado. Cuando los sirvientes trajeron fuente tras fuente de carnes asadas, Juro se sirvió a sí mismo una copa de jagga y brindó con el secretario.

 

“Debo confesarte”, dijo Juro, “que tuve serias dudas a la hora de invitarte a que te unieras a mí en esta aventura. El resto de secretarios y agentes de las comisiones de obras con los que contacté eran aparentemente más agresivos, pero ninguno de ellos consiguió llegar hasta aquí, y menos entrar en la sala de audiencias con el silvenar, y menos aún negociar por su cuenta, tal y como lo has hecho. Ven y tómate una copa de jagga conmigo”.

 

“No, gracias”, dijo Scotti. “Tomé demasiado de esa droga en Falinesti y por su culpa casi me deja seco una garrapata gigante. Creo que buscaré otra cosa que pueda beber”.

 

Scotti se paseó por la sala hasta que vio a algunos diplomáticos bebiendo jarras de un humeante líquido marrón que se servían de una gran tetera de plata. Les preguntó si era té.

 

“¿Té hecho con hojas?”, se mofó el primer diplomático. “No en Bosque Valen. Esto es licor de descomposición”.

 

Scotti se sirvió una jarra y tomó un sorbo para probar. Tenía un sabor fuerte, amargo y azucarado, pero al mismo tiempo muy salado. Al principio le pareció muy desagradable para el paladar, pero poco después se dio cuenta de que se había acabado la jarra y se estaba sirviendo otra. Sentía un hormigueo por el cuerpo. Todos los sonidos de la sala parecían extrañamente inconexos, aunque no de manera que inspiraran temor.

 

“Así que tú eres el hombre que consiguió que el silvenar firmara todos esos contratos”, dijo el segundo diplomático. “Seguro que tuviste que llevar a cabo una dura y extensa negociación”.

 

“En realidad no, tan solo fueron necesarios algunos principios básicos del comercio mercantil”, sonrió Scotti abiertamente, sirviéndose una tercera jarra de licor de descomposición. “El silvenar estaba realmente ansioso por implicar al estado imperial en los asuntos de Bosque Valen. Yo estaba muy ansioso por llevarme un porcentaje del negocio. Con toda esa bendita impaciencia, era simplemente una cuestión de añadirle una firmita al contrato, con todos los respetos”.

 

“¿Llevas mucho tiempo a las órdenes de su majestad imperial?”, preguntó el primer diplomático.

 

“Es un paco... digo, un poco más complicado que eso en la Ciudad Imperial. Entre tú y yo, en realidad no tengo trabajo. Solía trabajar para lord Atrio y su Comisión de Obras, pero me despidió. Y, entonces, estos contratos son de lord Vanech y su Comisión de Obras. Los tengo gracias a Reglio, un competidor que, en el fondo, era un tipo estupendo hasta que lo mataron esos khajiitas”, comentó mientras se acababa su quinta jarra. “Cuando vuelva a la Ciudad Imperial es cuando comenzarán las verdaderas negociaciones, con todos mis respetos. Me presentaré ante mi antiguo jefe y ante lord Vanech y les diré: mirad aquí, ¿quién quiere estas comisiones? Y se pisarán entre ellos para cogérmelas de la mano. La puja por mi porcentaje será una guerra como jamás se ha visto en ninguna parte”.

 

“Así que, ¿no eres un representante de su majestad imperial, el emperador?”, le preguntó el primer diplomático.

 

“¿Es que no has escuchado lo que acabo de decir, estúpido?”, dijo Scotti sintiendo una oleada de rabia que fue amainando rápidamente. Rio entre dientes y se sirvió la séptima jarra. “Las comisiones de obras son empresas privadas, pero aun así representan al emperador. Así que yo soy un representante del emperador, o lo seré cuando entregue estos contratos. Es muy complicado. Puedo entender que no me sigáis. Si me permitís decirlo, todo es, como dijo el poeta, una danza en el fuego, no sé si captan la ilusión, quiero decir, la alusión”.

 

“¿Y tus colegas? ¿Son representantes del emperador?”, preguntó el segundo diplomático.

 

Scotti soltó una carcajada para después sacudir la cabeza. Los diplomáticos le presentaron sus respetos y fueron a hablar con el ministro. Scotti salió tropezando del palacio y fue dando tumbos por las extrañas y orgánicas avenidas y bulevares de la ciudad. Le costó varias horas encontrar el camino hasta la mansión Prithala y llegar a su habitación. Una vez allí, se durmió... bastante cerca de su cama. A la mañana siguiente, Juro y Basth le despertaron a base de sacudidas. Estaba medio dormido y era incapaz de abrir los ojos del todo, aunque, por lo demás, se encontraba bien. La conversación con los diplomáticos merodeaba por su cabeza como envuelta en una especie de neblina, como un turbio recuerdo de la infancia.

 

“¡En nombre de Mara!, ¿qué lleva ese licor de descomposición?”, preguntó rápidamente.

 

“Jugos cárnicos rancios y fuertemente fermentados combinados con un montón de especias para matar el veneno”, sonrió Basth. “Te tendría que haber advertido que siguieras tomando jagga”.

 

“Ahora entenderás el Mandato de la carne”, sonrió Juro. “Esos bosmer preferirían comerse unos a otros antes de ponerle la mano encima a los frutos de la vid o del campo”.

 

“¿Qué les dije a esos diplomáticos?”, gritó Scotti aterrado. “Al parecer, nada malo”, dijo Juro mientras sacaba algunos papeles. “Tus escoltas te esperan abajo para acompañarte a la Provincia Imperial. Aquí tienes los papeles del salvoconducto. El silvenar parece muy impaciente, desea que los negocios avancen rápidamente. Ha prometido enviarte una especie de extraño presente cuando se cumplan los contratos. Mira, a mí ya me ha dado algo”.

 

Juro le enseñó su nuevo pendiente con una joya incrustada: un grande y precioso rubí tallado. Basth le mostró uno parecido. Los dos tipos gordos salieron de la habitación para dejar que Scotti se vistiera e hiciera su equipaje.

 

Un regimiento entero de guardias del silvenar se encontraba en la calle delante de la taberna. Rodearon un carruaje adornado con el escudo de armas oficial de Bosque Valen. Scotti subió, aún aturdido, y el capitán de la guardia dio la señal. Comenzaron a galopar rápidamente. Scotti agitó su cabeza para, a continuación, mirar hacia atrás. Basth y Juro le estaban despidiendo con la mano.

 

“¡Esperad!”, gritó Scotti. “¿No volvíais vosotros también a la Provincia Imperial?”

 

“¡El silvenar nos pidió que nos quedáramos como representantes imperiales!”, gritó Liodes Juro. “¡Por si hubiera que firmar más contratos o hacer más negociaciones! ¡Nos ha nombrado Ultrajas, una especie de mención especial para los extranjeros que están en la corte! ¡No te preocupes! ¡Nos esperan cientos de banquetes! ¡Negocia tú mismo con Vanech y Atrio y nosotros nos ocuparemos de cuidar todo por aquí!” Juro siguió gritándole consejos sobre la negociación, pero apenas se le oía en la distancia. Al cabo de un rato, desaparecieron cuando el convoy rodeó las calles de Silvenar. De pronto, se encontraban cerca de la selva y, al poco tiempo, ya estaban dentro de ella. Scotti tan solo la había atravesado a pie o a lo largo de sus ríos en barcos que se movían lentamente. Ahora toda su abundancia de verdes destellaba a su alrededor. Parecía como si los caballos se movieran incluso más rápido entre la maleza que sobre los lisos caminos de la ciudad. Ni los ruidos extraños ni el húmedo olor de la jungla podían entrar en el carruaje. Scotti tenía la sensación de estar más bien contemplando una obra que tratara de la selva, con un fondo de tejido de rejilla transparente que se moviera rápidamente y que ofreciera tan solo la más mínima insinuación del lugar.

 

Y así siguió durante dos semanas. Scotti tenía a su disposición un montón de comida y de agua dentro del carruaje, por lo que simplemente comió y durmió mientras que la caravana corría sin cesar. De cuando en cuando, oía el sonido de espadas chocando unas contra otras, pero para cuando quería mirar, lo que había atacado a la caravana ya había quedado muy atrás. Finalmente, llegaron a la frontera, donde estaba apostada una guarnición imperial.

 

Scotti entregó los papeles a los soldados que se acercaron a la caravana. Le sometieron a un aluvión de preguntas que respondió con monosílabos y, a continuación, le dejaron pasar. Tardó unos cuantos días más en llegar hasta las puertas de la Ciudad Imperial. Los caballos, que tan rápidamente habían recorrido la selva, redujeron su marcha al pasar a territorio desconocido, los Estados Colovianos. Por el contrario, los cánticos de los pájaros de la provincia y los olores de las plantas hicieron que Decumo Scotti se sintiera más vivo. Era como si hubiera estado soñando todos estos meses.

 

A la entrada de la ciudad, la puerta del carruaje se abrió y Scotti bajó de él con pasos vacilantes. Antes de que pudiera decirle algo a la escolta, esta había desaparecido, galopando de vuelta hacia el sur a través de la selva. Lo primero que hizo, ahora que ya estaba en casa, fue dirigirse a la taberna más cercana para tomarse un té, fruta y algo de pan. Se dijo a sí mismo que no le importaría no volver a comer carne. Inmediatamente después, tuvieron lugar las negociaciones con lord Atrio y lord Vanech.

 

Fue más que agradable. Ambas comisiones reconocieron lo lucrativa que sería la reconstrucción de Bosque Valen para sus agencias. Lord Vanech alegó, con toda la razón, que como los contratos se habían realizado en los formularios certificados ante notario por su comisión, tenía derechos legales sobre ellos. Lord Atrio reivindicó que Decumo Scotti era su agente y representante y que nunca le habían despedido de su puesto de trabajo. El emperador fue llamado para arbitrar el asunto, pero alegó no estar disponible. Su consejero, el mago guerrero imperial Jagar Tharn, había desaparecido hacía mucho tiempo y le era imposible apelar a su sabiduría y su meditación imparcial.

 

Scotti vivía muy cómodamente gracias a los sobornos de lord Atrio y lord Vanech. Todas las semanas llegaba una carta de Juro o Basth preguntando acerca del estado de las negociaciones. Las cartas fueron dejando de llegar de forma gradual y Scotti comenzó a recibir otras más urgentes del ministro de comercio y del propio silvenar. La Guerra de la Línea Azul de aguas jurisdiccionales con la isla de Estivalia había finalizado con la victoria de los altmer, que habían conseguido hacerse con varias islas costeras de los elfos del bosque. La guerra con Elsweyr continuaba devastando la frontera oriental de Bosque Valen. Pero Vanech y Atrio todavía seguían luchando para decidir quién colaboraría.

 

Una bonita mañana de principios de primavera del año 398 de la Tercera Era, llegó un mensajero a la puerta de Decumo Scotti.

 

“Lord Vanech ha ganado la comisión de Bosque Valen y le ruega que se presente en su despacho con los contratos en cuanto le sea posible”.

 

“¿Es que lord Atrio ha decidido no seguir compitiendo?”, preguntó Scotti.

 

“Ya no puede hacerlo, puesto que ha muerto repentinamente, justo ahora mismo, a causa de un terrible y desafortunado accidente”, dijo el mensajero.

 

Scotti se había preguntado cuánto tiempo tardaría la Hermandad Oscura en entrar en las negociaciones finales. Mientras se dirigía hacia la Comisión de Obras de lord Vanech, una larga y austera obra de arquitectura situada en una plaza secundaria, aunque muy respetable, se preguntó si había jugado sus cartas tal y como debía. ¿Sería Vanech tan avaricioso como para ofrecerle un porcentaje inferior de la comisión ahora que su principal competidor estaba muerto? Afortunadamente, descubrió que lord Vanech ya había decidido pagar a Scotti lo que propuso durante la acalorada lucha de las negociaciones del invierno. Sus consejeros le habían explicado que otras comisiones de obras menos importantes podrían ofrecerse si no se ocupaba del asunto justa y rápidamente.

 

“Es estupendo que ya hayamos acordado todos los asuntos legales”, dijo afectuosamente lord Vanech. “Ahora podemos centrarnos en la tarea de ayudar a los pobres bosmer y de recoger los beneficios. Es una pena que no hayas sido nuestro representante en todos los conflictos con los bend’r-mahk y en los negocios con los arnesianos. Aunque habrá muchas más guerras, estoy seguro de ello”.

 

Scotti y lord Vanech enviaron un mensaje al silvenar en el que le comunicaron que, finalmente, estaban preparados para cumplir los contratos. Pocas semanas después, celebraron un banquete en honor de la beneficiosa empresa que tenían entre manos. Decumo Scotti era el hijo predilecto de la Ciudad Imperial y no se reparó en gastos para que esa noche fuera inolvidable.

 

Cuando Scotti se reunió con los nobles y los ricos mercaderes que se beneficiarían de sus acuerdos de negocios, un exótico aunque ligeramente familiar olor impregnó la sala de baile. Siguió el aroma hasta su origen: un grueso trozo de carne asada, tan largo y grueso que cubría varias fuentes. Los invitados cyrodílicos comían vorazmente, incapaces de expresar en palabras su delicioso sabor y textura.

 

“¡No se parece a nada que haya probado antes!”

“¡Es como un venado alimentado a base de cerdo!”

“¿Has visto la fantástica combinación de carne y grasa? ¡Es una obra maestra!”

 

Scotti fue a coger una loncha, pero en ese momento vio algo muy incrustado en el seco y desengrasado asado. Casi se choca con su nuevo jefe, lord Vanech, mientras retrocedía a trompicones.

 

“¿De dónde proviene esta carne?”, dijo Scotti tartamudeando.

 

“De nuestro cliente, el silvenar” sonrió abiertamente su señoría. “Es un tipo de delicatessen local llamada unthrappa”.

 

Scotti vomitó y no paró hasta pasado un buen rato. Este incidente empañó temporalmente la noche, pero cuando se llevaron a Decumo Scotti a su mansión, los invitados continuaron cenando. A todos les pareció que el unthrappa era una delicia. Y más aún cuando el propio lord Vanech cogió una loncha y encontró el primero de los dos rubíes escondidos en la carne. Qué inteligentes deben de ser los bosmer para haber inventado un plato como este, comentaron la mayoría de los cyrodílicos.

 

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